Estuvo sudando los últimos cinco minutos antes del disparo. Cayo al piso, el arma consigo, todavía en su mano derecha. El estruendo hizo revolotear las pocas palomas que se encontraban en el anden, la estación, un manto de silencio negro, estrellado, sin luna, pero por sobre todas las cosas negro. Brazo izquierdo sobre pierna derecha antes de ponerse de pie. De pie, todavía sudando, desata las cuerdas del cuerpo, que se encontraba en el piso, retira la bolsa que cubría su cabeza, gira el cuerpo para quedar cara a cara con el mismo, retira el pañuelo de su boca y dice en voz suave: “silencio padre, hoy has perdido a tu hijo”.
Recoge el arma y camina, su padre se para y llora.